sábado, 31 de enero de 2015

Carta póstuma para mi gancho.

Mis abuelos, papás de Carlos, Adela,
Irma, Ube y Víctor. 
Niños, hace un tiempo atrás, pasó algo que les quiero contar. Yo tenía un tío, el tío Carlos. Hermano de mi mamá. El era un tipo especial, a la antigua. De esos criados al rigor de un campamento minero, primogénito y uno de los preferidos de sus papás (mis abuelitos). Les cuento que antiguamente pasaba eso, se le daba prioridad a los primeros para que tuvieran la mejor educación, se codearan con la sociedad, etc. Eran otros tiempos...

Con el tío teníamos una relación especial. Cuando era muy chico, me sacaba a pasear. Una vez (o quizás varias) me llevó a un bar, donde regularmente se juntaba con sus amigos. Yo no recuerdo, pero me decían que llegaba diciendo que "con el tío Carlos nos habíamos ido a tomar un pisquito". Todos reíamos cuando lo recordábamos de vez en cuando. "Con mi ganchito nos íbamos a tomar un pisquito", decía el tío Carlos ya más viejo y con su trago en mano.

Me gustaba ir a su casa, generalmente íbamos para cumpleaños y fiestas de familia. Era divertido para mí ir a esa casa. La tía Sonia, su señora lo retaba a cada rato. Es que al tío le gustaba tomarse sus tragos, siempre se le pasaba la mano y se transformaba en un payaso, en un bonachón. Todos se reían con él por las cosas que decía y hacía.
Así pasaron los años, uno crece y se va alejando de las antiguas tradiciones. Crecemos y buscamos nuevas experiencias, a eso se suman los malos entendidos entre las familias y todos nos alejamos de las grandes reuniones, de los encuentros con pan amasado de la abuelita Lela, de las comidas del abuelo Carlos, de "canturrear" con la guitarra del Víctor (el hermano menor de mi mamá) y de las grandes tertulias donde nos reíamos mucho. Mi mamá trató de retomar esas juntas familiares, pero cada vez eran más pequeñas. Las excusas sobraban y eran los mismos que siempre se juntaban al final.

Recuerdo que para las fiestas de año nuevo, nos juntábamos casi siempre en la casa de los abuelitos, la tradición era cenar después de los abrazos. Cuando chico me quedaba con ellos hasta muy tarde, me entretenía mucho sus historias, sus cuentos, donde la finalidad era conversar y reírnos mucho. Luego, cuando crecí, se transformaba en una obligación salir con mis amigos. El tío Carlos siempre sacaba de su bolsillo un billete...generalmente muy grande y me lo pasaba. Me tiraba una bromas y me abrazaba ya con unas copas de más. Independiente del billete (que en ese tiempo se valoraba mucho), siempre esperaba ese momento. Un abrazo a veces vale más que mil billetes.

Pasó el tiempo, yo me fui a estudiar, trabajar y a vivir a Santiago. Muchas veces cuando iba a Rancagua de visita, él iba a tomar once a la casa de mis papás. Seguía cariñoso, aún más con el paso del tiempo. Me he dado cuenta que yo también me he puesto más cariñoso con el paso del tiempo.
 La tía Sonia murió y el quedó solo...osea, ni tan solo. Se dejó crecer el pelo largo, adelgazó mucho y comenzó su despedida. Lo molestaban cuando nos juntábamos y le decían el Gato Alquinta (unos de los creadores de Los Jaivas que tenia el pelo largo y barba).

En Santiago conocí a su mamá, a Daniela. Nos casamos y nos fuimos a Barcelona. Para el día de la despedida en Rancagua, fue muy bonito y emotivo. Creo que fue la última vez que los vi a todos juntos. El Víctor, después de décadas volvió a tocar la guitarra y recordamos algunas canciones.

Cuando volvimos a Chile, decidimos venirnos a Valdivia y nos quedamos algunos días en Rancagua. El tío Carlos apareció a saludarme, siempre comenzando con un "hola po´ganchito". Era bonito verlo, me gustaba que siempre estuviera ahí.

Luego nos vinimos a vivir a Valdivia. Tomás ya venías en camino y necesitábamos ponernos a trabajar,  comenzábamos de cero. Una nueva ciudad, una carrera ligada al marketing digital en Santiago y en Barcelona, acá en Valdivia no servía de mucho en ese tiempo. Luego de hacer clases en algunas universidades, comencé a trabajar en una Corporación con sede en Valdivia y que estaba presente en varias ciudades. Luego de un tiempo, en la Corporación comenzamos a organizar un gran encuentro con el departamento que yo dirigía. Muchas tensiones, malos entendidos y una gran preparación para validar los meses de trabajo y planificar lo nuevo que venía. En ese tiempo ya estabas tu Tomás y tú Antonia. Un día, mientras llegaba del trabajo y a un día de comenzar esta gran reunión me llaman por teléfono. Contesto y eran mis papás. Mi papá, como siempre con un tono pausado me dice que están con la mamá en la clínica y que el tío Carlos no está bien, que no tiene buen pronóstico. Hablo con mi mamá y ella apenas podía hablar...lloraba. 900 kilómetros de distancia se multiplicaron por 1.000 más y era como estar al otro lado del mundo. Unas ganas locas de estar ahí, acompañándolos. Pensé en viajar inmediatamente, pero la esperanza que se mejorara y este encuentro nacional que estaba organizando y que comenzaba al otro día me hizo hacer la pausa para ver que pasaba mañana.

Esa noche lloré, y no pude dormir mucho. Tenía un peso gigante de no poder estar allá. Pensaba que era primera vez que alguien (que no fuera mis abuelitos) se podría ir. Para mi, a él le faltaba mucho por vivir. Tenía aún nietos muy pequeños, tantas cosas por hacer. Su nuevo estilo de jubilado de barba y pelo largo y su nueva extrema delgadez lo hacía ver con un nuevo aire. El sabía que tenía un problema grave y tenía que cuidarse. Pero él, en su tozudez seguía con sus tragos diarios mientras veía películas tras películas en una cabaña a la orilla del mar. Su teoría era que era imposible que el alcohol se convertiría en azúcar...que los médicos no sabían nada. Siempre con ese tono de humor tan característico que a veces se hacía imposible enojarse cuando lo decía. A pesar que tu crees que tus
héroes son invencibles, en el fondo uno sabe que en cualquier momento su cuerpo no resistiría más.

Al otro día, ya de regreso a casa me llaman que su cuerpo no había resistido y se había ido. Daniela me dice que me vaya para allá. Son esos momentos donde estás entre dos mundos, donde tienes que tomar una decisión. Y esa decisión cualquiera que sea no será la mejor, pero será la que en ese momento tu crees que esta bien. Y sabes que cualquier cosa que hagas sentirás el respaldo de tu gente...y ahí quizás esta el error.

Decidí no ir, pensando en esa maldita estabilidad laboral que tanto buscamos. Estaba hace poco trabajando y había que cuidar esa estabilidad. Tenía el peso de crear una campaña nacional de marketing que era mi responsabilidad final. Esos días del encuentro no estuve presente, mi alma estaba en Rancagua. Hablé con Marco, uno de sus hijos. Conversamos harto y él ya sabía que no iría. Fue triste pero a la vez bonito escucharlo con la tranquilidad que ya habían solucionando todos sus problemas. 
Al tiempo me echaron de ese trabajo, cuando renuncia tu jefe, el proyecto que teníamos en conjunto se cae al suelo y todos los adversarios ven una oportunidad. Son los riesgos de trabajar con gente que se toma las cosas más personal que profesionalmente. Pero eso sirve y mucho para crecer. Evidencia que la vida no es lineal y agradezco haber pasado por ello. Sobretodo que cualquier proyecto en lo más mínimo que sea no es más importante que la familia.

Es difícil perdonarme no haber ido a despedirlo. A veces uno toma decisiones equivocadas y con el tiempo se da cuenta que las prioridades en la vida son otras, que todo puede tener una solución si hay voluntad.

Ganchito, se que estás en otra dimensión. En el mundo intangible de las almas. Perdiste batallas, cometiste errores, no tomaste buenas decisiones...pero, quién no lo hace?.  A su vez, buscaste remediar tus errores, ser un buen abuelo y solucionar tus temas pendientes con tus hijos.
Cuando escribo me acuerdo de tu casa, de su olor, de los árboles que rodeaban tu barrio, del patio, el ante jardín y la reja mala.  Recuerdo el jugar en la calle solo o con mi hermana, de andar en bicicleta hasta muy tarde.  Me gustaba caminar desde la Alemeda a tu casa. Recuerdo ser feliz en ese lugar.

Se que nunca te enojaste conmigo por no ir a tu despedida, a ti no tengo que pedirte perdón,  El perdón me lo tengo que dar yo a mi. 

Chicos, ustedes hagan lo que la conciencia les determine, pero hay que considerar que el norte de la vida es la familia. Es donde nos estabilizamos, donde el cariño abunda y es infinito.



Maida, esta fuiste tu cuándo tenías 3 años y solo sabías escribir tu nombre:
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lñjkghfdrjjogoo0og000t0y77yu5444wawyggfggyto0ooookkggglogggg Maida
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